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Oímos todos los días que las personas son lo más importante en las empresas, e incluso muchas veces habremos sido nosotros los que hemos realizado tal afirmación. Hablar es muy fácil pero más allá de las declaraciones ¿qué hacemos en el día a día que demuestre dicho interés? Y es más ¿en qué percibimos nosotros que somos importantes para los demás?

Una de las motivaciones más intensas y, con frecuencia, menos satisfecha es la necesidad de reconocimiento, y esta carencia se produce tanto en el plano personal como organizativo.  Reconocer tiene varios significados, pero en lo relacionado con las personas, las dos acepciones que más nos afectan son una, mostrar agradecimiento, dos, distinguir a las personas por sus rasgos propios.

Mostrar que damos valor a la actuación de alguien es menos común que formular una crítica. Demasiadas veces somos proclives a señalar defectos y a pasar por alto las virtudes. Y olvidamos que cuando actuamos así, simplemente ponemos en evidencia nuestro modelo del mundo, lo que esperamos que otra persona haga, diga o sea para agradarnos.

De este modo, los niños demasiadas veces crecen esforzándose más, por estar a la altura de las expectativas de sus mayores que por seguir sus propias inclinaciones.  Luego en el ámbito empresarial, de nuevo nuestras peculiaridades suelen quedar relegadas con el objetivo de encajar en el modelo organizativo correspondiente o de satisfacer al jefe de turno.

Recordemos, por un momento, lo bien que llegamos a sentirnos en las ocasiones en las que alguien, de forma comprensiva, generosa y honesta, nos hizo ver que daba valor a “nuestras cosas”: nuestra forma de actuar, de pensar, de comunicarnos, de afrontar problemas, de… Seguro que también, somos capaces de traer a nuestra memoria instantes en los que un comentario positivo sobre nuestras mejores cualidades nos inspiró para ir más allá, para mejorar, para crecer, sin dejar de ser nosotros, sintiéndonos a un tiempo retados pero valiosos.

Con esta sensación a flor de piel puede resultarnos más fácil salir de nuestras visiones y expectativas para acercarnos al otro con el mismo respeto, apertura e interés con los que alguien nos trató en su día.

La crítica,  aunque se realice con el ánimo de incitar al otro a superarse, rara vez consigue resultados ni cambios en el comportamiento, ni sentimientos positivos hacia el que la formula o hacia uno mismo.

No se trata sólo de apreciar un buen rendimiento, unas competencias, sino de pararnos a valorar las peculiaridades de quienes nos rodean y establecer relaciones desde la aceptación.

El camino del desarrollo pasa primero por apreciar, para que desde la seguridad en un@ mism@ que ello otorga , se puedan dar nuevos pasos, salir de la zona de confort y probar nuevas formas de actuar que ampliaran nuestros recursos  y nos harán crecer como personas y profesionales.