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Estar aislado puede ser fantástico. Sobre todo si es voluntario, si tenemos al alcance todo lo imprescindible (o mejor un poco más) y la atmósfera acompaña. En una playa paradisíaca, con una brisa suave acariciando nuestro rostro, bebida y comida agradable, un buen libro que nos enganche, música envolviendo nuestros sentidos… Pero parados en medio de un atasco infernal sin aire acondicionado, llegando tarde a un encuentro en un vagón de metro que ha sufrido un parón inesperado, en un abarrotado ascensor averiado… Ahí es otro cantar. No es voluntario, es accidental.

Siempre se ha hecho hincapié en lo especialmente desagradable que es sufrir el aislamiento cuando se está rodeado de gente. Lo expuestos y frágiles que podemos llegar a sentirnos en estas situaciones. En medio de una fiesta multitudinaria, perdido, sin conocer a nadie y observando con envidia el disfrute ajeno, lo normal es que uno acabe pensando “qué hago yo aquí, solo, con lo bien que estaría en mi casa”. ¿Cómo me he conducido a mi mismo a esta situación?

Pero, imaginemos que en esa misma fiesta encontramos un espacio especialmente destacado y con unas letras enormes y brillantes que rezan MEETING POINT, y vemos entonces que allí nos esperan… ¿Quién? Nuestra amada pareja, nuestros amigos, familia o un enviado del futuro con un uniforme de buscador de almas perdidas que nos conduce a las personas deseadas que nos esperan en el feliz porvenir. En tal caso, además de no arrepentirnos de haber acudido al evento, deberemos alegrarnos de tener buena vista, saber algo de inglés o en casos extremos estar dispuesto a creer en enviados del futuro.

Porque lo que es un hecho indiscutible es que sociables somos todos, como seres humanos que somos necesitamos a los demás, pero nuestra forma de sentir y actuar es variada y variable. Algunos saben tender lazos con más facilidad que otros y a la hora de establecer y mantener contactos, muestran una fluidez y una desenvoltura natural. Pero no siempre es fácil. Un perfil “relaciones públicas” no cae bien a todo el mundo si se anticipa y usa el mismo estilo de actuación con todos, sin atender a la identidad particular de su interlocutor. Para aquél “va de graciosillo” cuando para el otro “es un crack”.

En entornos laborales o familiares hay muchos momentos de desconcierto en los que nos sentimos especialmente agobiados por los demás (y soñamos con nuestra querida isla imaginaria). Y eso nos ocurre cuando se espera de nosotros que asumamos tareas y responsabilidades que nos incomodan por las relaciones que implican, porque no encajamos… Y ¿qué falla? Es que faltan ganas, qué pereza, no hay “feeling”… Es el inevitable sentimiento de que “preferiría hacerlo solo o a mi manera”. Y esta falta de química se puede superar si decidimos cambiar nuestro enfoque y encarar la situación de otra manera. Conectar no significa ser tocado por la varita mágica del enviado del futuro conector de almas perdidas. Conlleva estar dispuesto y ocuparse en ello siendo consciente del nosotros, del yo, el tú y los demás, con sus particularidades.

Es necesario desprenderse de la careta de juzgar y sustituirla por la de considerar. Nuestra psique se manifiesta en comportamientos concretos que parten de una actitud. Esa actitud puede ser voluntaria y mejor cuando se escoge la adecuada y se controla. Hay que tomar conciencia de que “tener psicología” es posible si se trabaja en ello. Se aprende. Hay muchos puntos de encuentro, pero no todos están señalizados. A veces nos topamos con ellos, pero otras muchas hay que buscarlos o fabricarlos. Existen vías, al alcance de cualquiera, que parten de teorías psicológicas y han surgido para poner en práctica la construcción de esos espacios tan acogedores y necesarios. Construyamos esos entornos, esos puntos de encuentro en los que nos sintamos a gusto y nos podamos mover como pez en el agua. ¿El cómo? Muy fácil. No esperando al enviado del futuro, sino llamando a la puerta del profesional de ahora: el coach.

Puntos de encuentro